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· Is 45, 1. 4-6

Un altar en el corazón, no un panteón

«Yo soy el Señor y no hay otro». En el corazón cabe un altar para el único Dios, no un panteón de ídolos que prometen la felicidad.

Acuarela del interior del Panteón de Roma: la gran cúpula de casetones con el óculo abierto deja caer un haz de luz dorada sobre un sencillo altar de piedra con una cruz, y algunas figuras pequeñas rezan de rodillas en la sala circular.
Ilustración en acuarela creada con inteligencia artificial.

Hermanos, bendecimos al Señor en este sábado en la tarde, preparándonos ya para el domingo. Hoy me ha llamado la atención una frase de la primera lectura, de la profecía de Isaías, que termina diciendo:

Yo soy el Señor y no hay otro (Is 45, 6).

En la antigüedad existía en Roma un templo llamado el Panteón. Panteón significa «todos los dioses»: en ese templo los romanos, que eran politeístas, veneraban a todos los dioses en los que creían, para que no se les olvidara ninguno. Según nos cuenta la historia, más tarde la Iglesia asumió ese templo y lo llamó Santa María y Todos los Mártires. Es decir, lo consagró solo a Dios y a aquellos que dieron testimonio de este único Dios: María y todos los mártires con su sufrimiento.

Esta palabra me toca mucho el corazón. Al decirnos el Señor que Él es el único y que no hay otro, tal como dice el Shema (Dt 6, 4), nos está diciendo algo particular: para ser felices, para ser verdaderamente cristianos, tenemos que tener en nuestro corazón un altar, y en ese altar adorar al único Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, con nuestras palabras, con nuestros pensamientos, con nuestras obras. Tenemos que amar a este Dios, y este Dios al que queremos amar nos devolverá ese amor. Ese amor es nuestra salvación, nuestra felicidad en esta tierra y en la venidera, y a él se llega por la fe que el Señor suscita en nuestros corazones.

El problema, hermanos, es que caemos en la tentación de tener en el corazón, en lugar de un altar, un panteón: varios ídolos, varios dioses. Nuestros dioses pueden ser personas a las que amamos o con las que estamos obsesionados, y muy frecuentemente el dinero o el trabajo. Podemos hacer un ídolo de casi cualquier cosa, de una afición, de una obsesión, con la ilusión de que esos dioses nos van a dar alegría y felicidad, de que si los adoramos nos van a dar la vida.

Me llama la atención una costumbre que, por desgracia, es bastante propia de nuestros pueblos latinoamericanos: el amarre. La practican brujos y santeros. Si una persona está enamorada de otra, va donde un brujo, y este, a cambio de bastante dinero, le echa una especie de brujería para «amarrar» a esa persona y que le pertenezca.

Cuando se hace eso, que es un gran pecado porque es buscar ídolos fuera de Dios y además acudir a la brujería, se está poniendo en el corazón, en el lugar de Dios, a otra persona, con la ilusión de que obtenerla por todos los medios le dará la verdadera felicidad. Pero la misma vida hace entender que hay un solo Dios, que no hay otro, y que es a ese Dios a quien debemos servir y amar.

Pidámosle al Señor que Jesús, como hizo con el látigo en el templo (Jn 2, 15), aparte de nuestro corazón cualquier ídolo que quiera ocupar su lugar, y que aprendamos, con nuestra vida, con nuestras obras y con nuestras palabras, que en nuestro corazón solo tiene que haber un único Dios, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

Pbro. Rafael VillalobosPárroco de Santa Lucía

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