Súplicas, invocaciones y sacramentales para el combate espiritual del fiel cristiano.
«Vestíos de las armas de Dios, para que podáis resistir las asechanzas del diablo» (Ef 6, 11).
La vida cristiana es también un combate espiritual. La Iglesia nos ofrece oraciones, súplicas e invocaciones que el fiel puede usar privadamente para implorar la protección de Dios, de la Santísima Virgen, de San Miguel Arcángel y de todos los santos contra las insidias del Maligno. Junto a la oración, los sacramentales —agua bendita, sal y aceite exorcizados, la medalla de San Benito— son signos sagrados instituidos por la Iglesia que disponen al alma a recibir la gracia de Dios.
Estas súplicas pueden ser utilizadas privadamente por los fieles en la lucha contra el poder de las tinieblas.
Señor Dios, apiádate de mí, siervo tuyo, que, a causa de muchas insidias, me he vuelto como un objeto perdido; sálvame de la mano de mis enemigos y ven a buscarme si estoy perdido, acógeme cuando me encuentres, y no me abandones, así podré agradarte por siempre, porque sé que me has redimido con tu fuerza.
Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
Dios todopoderoso, que das cobijo a los afligidos en tu casa y conduces a los cautivos a la prosperidad, mira mi aflicción y ven en mi auxilio; derrota al enemigo malvado, para que, una vez vencida la acción del adversario, la libertad me conduzca a la paz, de modo que restablecido en la piedad serena, proclame que eres admirable, Tú que diste fuerza a tu pueblo.
Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
Oh, Dios, creador y defensor del género humano, que formaste al hombre a tu imagen y lo recreaste más admirablemente con la gracia del bautismo, dirige tu mirada sobre mí, siervo tuyo, y sé propicio a mis súplicas. Te pido que nazca en mi corazón el esplendor de tu gloria para que, eliminado plenamente todo temor, pueda alabarte con ánimo y espíritu sereno, junto a mis hermanos en tu Iglesia.
Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
Oh, Dios, origen de toda misericordia y de toda bondad, que quisiste que tu Hijo sufriera por nosotros el suplicio de la cruz para librarnos del poder del enemigo; mira propicio mi humillación y dolor, y concédeme, pues me renovaste en la fuente bautismal, que, habiendo vencido el ataque del Maligno, me colme la gracia de tu bendición.
Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
Oh, Dios, que por la gracia de la adopción, quisiste que yo fuera hijo de la luz, te pido que me concedas no verme envuelto en las tinieblas de los demonios sino que pueda por siempre permanecer plenamente en el esplendor de la libertad recibida de ti.
Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
A
B
Cuando se nombra la Cruz, puede el fiel oportunamente hacer la señal de la cruz.
— Sálvame, Cristo Salvador, por la fuerza de la Cruz ✝: tú que salvaste a Pedro en el mar, ten piedad de mí.
— Por la señal de la santa Cruz ✝, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
— Por tu Cruz ✝ sálvanos, oh, Cristo Redentor, tú que muriendo destruiste nuestra muerte y resucitando restauraste la vida.
— Tu Cruz ✝ adoramos, Señor, tu gloriosa pasión contemplamos: ten misericordia de nosotros, Tú que padeciste por nosotros.
— Te adoramos, oh, Cristo, y te bendecimos, porque con tu Cruz ✝ has redimido al mundo.
Bajo tu protección nos acogemos, santa Madre de Dios; no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades; antes bien, líbranos siempre de todo peligro, oh, Virgen gloriosa y bendita.
Dignísima Reina del mundo, Virgen perpetua María, intercede por nuestra paz y salvación, tú que engendraste a Cristo Señor, Salvador de todos.
María, Madre de gracia, Madre de misericordia, defiéndenos del enemigo, y ampáranos en la hora de la muerte.
Socórreme, oh, piadosísima Virgen María, en todas mis tribulaciones, angustias y necesidades, alcánzame de tu Hijo querido la liberación de todos los males y de los peligros de alma y cuerpo.
Acuérdate, oh, piadosísima Virgen María, que jamás se ha oído decir que ni uno solo de cuantos han acudido a tu protección e implorado tu socorro haya sido desamparado por ti. Yo, pecador, animado con esta confianza, acudo a ti, oh, Madre, Virgen de las vírgenes; a ti vengo, ante ti me presento con dolor. No desprecies, Madre del Verbo, mis súplicas, antes bien inclina a ellas tus oídos y dígnate atenderlas favorablemente.
Arcángel san Miguel, defiéndenos en la lucha; sé nuestro amparo contra la maldad y las asechanzas del demonio. Pedimos suplicantes que Dios lo mantenga bajo su imperio; y tú, Príncipe de la milicia celestial, arroja con el poder divino en el infierno a Satanás y los otros espíritus malignos que andan por el mundo tratando de perder las almas.
Amén.
Santos intercesores
(Pueden añadirse los nombres de otros santos y beatos)
Súplica de liberación
Clamor final
Los sacramentales son signos sagrados instituidos por la Iglesia que, a imitación de los sacramentos, disponen al fiel a recibir la gracia y santifican las diversas circunstancias de la vida (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 1667). Su eficacia depende de la fe con que se usen y de la intercesión de la Iglesia.
Estas bendiciones se proporcionan únicamente con fines informativos y devocionales. La bendición y exorcismo del agua, la sal, el aceite y la medalla de San Benito solamente pueden ser realizadas por un sacerdote católico válidamente ordenado, según el Ritual Romano de la Iglesia. Los fieles pueden acercar estos elementos al sacerdote para que él los bendiga; el laico no puede pronunciar válidamente la fórmula de bendición y exorcismo.
La cruz y medalla de San Benito es uno de los sacramentales más antiguos de la tradición latina. Su uso devocional, con bendición particular concedida por Benedicto XIV (1741), está acompañado de numerosas indulgencias para quienes la llevan con fe.
La medalla, una vez bendecida, se lleva habitualmente al cuello, en la muñeca o como recuerdo en el hogar.
El uso de la sal exorcizada está atestiguado desde los primeros siglos de la Iglesia y aparece en el Ritual Romano (Tít. IX, cap. II). Recuerda el llamado de Jesús a ser «sal de la tierra» (Mt 5, 13) y simboliza la preservación de la corrupción.
La sal exorcizada se usa para implorar la protección de Dios sobre los lugares y las personas:
El agua bendita es el sacramental más universal y antiguo de la Iglesia. Nos recuerda nuestro bautismo y es signo de purificación, de protección y de la presencia salvífica de Dios. El Ritual Romano contempla su exorcismo y bendición unida a la sal.
El Ritual Romano permite a los fieles llevar agua bendita a sus hogares «para rociar a los enfermos, sus hogares, campos, viñedos y cosas por el estilo».
El aceite exorcizado no sustituye al Sacramento de la Unción de los Enfermos (que solo el sacerdote puede administrar), pero es un sacramental antiguo que evoca la unción bautismal y confirmatoria, y se usa por los fieles para implorar la protección y sanación de Dios.
El aceite exorcizado se usa como signo devocional de unción y protección. No es válido como Unción de los Enfermos, sacramento reservado al ministerio del sacerdote.
Acércate a la parroquia con el sacramental que quieres llevar; con gusto te atenderemos.
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