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· Lc 12, 1-7

Dios cuenta hasta tus cabellos

Quien viene a la iglesia «halándose los pelos» escucha hoy que Dios cuenta cada cabello. La confianza se aprende tratando con él en la Eucaristía y la Palabra.

Acuarela de un antiguo barco de vela en un mar agitado al atardecer; en cubierta, un hombre de túnica sostiene en alto un pan partido mientras los marineros lo rodean, y entre las nubes se abre una luz cálida.
Ilustración en acuarela creada con inteligencia artificial.

Hermanos, bendecimos al Señor que, como cada día, nos regala su palabra para que podamos profundizar en ella. Hoy les quiero hablar del cabello. Seguramente las damas habrán hecho lo posible por traer el cabello lo más bonito que se pueda: se habrán peinado, se lo habrán secado o se habrán hecho la vuelta. Los varones básicamente agarramos un peine, y algunos de nosotros ya ni nos tenemos que preocupar por eso.

El cabello es un símbolo importante en el arte cristiano. Gustavo Doré, el famoso ilustrador de la Divina Comedia, donde se habla del infierno, pintaba a las almas condenadas halándose el cabello, porque halarse las mechas es un signo de desesperación. También Miguel Ángel, cuando pintó el infierno en la Capilla Sixtina, puso a la gente halándose el pelo, porque es un signo de desesperación extrema.

Y nosotros, hermanos, quizás no físicamente pero sí espiritualmente, muchas veces venimos a la iglesia jalándonos los pelos: venimos con situaciones difíciles, con tristeza, con pecados, con problemas familiares. Aunque no lo hagamos delante de la gente, a lo mejor por dentro nos dan ganas. Pero hoy viene el Señor y nos dice en este Evangelio:

Ustedes tienen contados todos sus cabellos: no teman (Lc 12, 7).

Es como si el Señor nos asegurara que no hay preocupación que quede fuera de su providencia y que él sabe lo que está haciendo con nosotros. Esta lectura me recordó el salmo que dice que el Señor cuenta el número de las estrellas y a cada una la llama por su nombre (Sal 147 [146], 4). Si este Señor poderoso, que ha creado el universo y sabe el nombre de cada estrella, te ha dicho a ti y me ha dicho a mí que cuenta hasta el último cabello de nuestra cabeza, ¿de qué nos tenemos que preocupar? La preocupación no es cristiana, porque el que se preocupa se está diciendo a sí mismo: «A ver cómo me resuelvo la vida, porque Dios no me va a ayudar».

Pero para dejar de preocuparse, para dejar de jalarse el pelo, no basta con que yo te lo diga ni con comprenderlo con la cabeza. Hay que comprenderlo con el corazón. Y yo le decía al Señor: «Sí, Señor, quiero confiar plenamente en ti, quiero creer que tú cuentas cada cabello de mi cabeza, pero ¿cómo se hace eso?».

Eso me llevó al capítulo 27 de los Hechos de los Apóstoles. San Pablo va preso a Roma, donde terminará dando la vida por el nombre de Cristo. En el barco, a la deriva por el mar Adriático, cerca de Grecia y de la península itálica, marineros y soldados se desesperan, tanto que los soldados llegan a pensar en matar a los prisioneros para que no escapen nadando. Y san Pablo les dice que no se preocupen, que ni un solo cabello de su cabeza se perderá (Hch 27, 34). Después toma el pan, da gracias a Dios delante de todos, lo parte, y todos comen (Hch 27, 35-36).

Los Hechos de los Apóstoles los escribió el mismo autor del Evangelio según san Lucas. ¿Cuál es la catequesis que nos da en ese momento? Si tú quieres confiar en el Señor, tienes que tener trato con él en la Santísima Eucaristía, en la Palabra, en la oración. A quien se acerca al Señor, se alimenta de los sacramentos y se acerca a su Iglesia y a la Palabra, el Señor le va metiendo poco a poco en el corazón la fe y la confianza. Y en esa confianza le puede decir: «Señor Jesús, yo confío en ti». Amén.

Pbro. Rafael VillalobosPárroco de Santa Lucía

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