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· Mt 22, 15-21

No comprendo, pero confío

Pedirle cuentas a Dios en el dolor es tentarlo. La oración aumenta la fe y nos enseña a decirle: no comprendo, pero confío.

Acuarela de Abraham y el joven Isaac subiendo juntos un monte al amanecer, de espaldas, bajo un cielo claro.
Ilustración en acuarela creada con inteligencia artificial.

Bendecimos, hermanos, al Señor, que como cada domingo nos regala su Palabra para ayudarnos a entrar en la sabiduría.

Ayer, en Guayaquil, Ecuador, un sacerdote redentorista llamado Patricio celebraba la Misa, transmitida por las redes. En la homilía dijo que hay que estar preparados, porque no sabemos ni el día ni la hora en que el Señor viene a buscarnos. Fue al altar, la Misa continuó, y el crucifijo, que era muy grande, se desprendió y le cayó encima. Murió allí mismo. Esa imagen está dando la vuelta al mundo, y uno, en shock, puede tener la tentación de preguntarle a Dios: Señor, ¿por qué?

Les cuento esto porque en el Evangelio de hoy me llama la atención lo que Jesús dice a quienes quieren ponerlo a prueba:

Hipócritas, ¿por qué me tientan? (Mt 22, 18).

En griego, tentación se dice peirasmós. Jesús les reprocha que pretenden pedirle cuentas a Dios sobre sus designios, como el adolescente rebelde que se planta ante sus papás: ¿por qué haces esto así?, esto no es justo. Cree que sabe más o que es más fuerte, y eso es una locura, porque los papás generalmente saben más.

Esta palabra me llevó al Génesis. Dios le pide a Abraham que vaya al monte Moria y le sacrifique a su único hijo, Isaac (Gn 22, 1-2). Abraham le hizo caso, y el Señor le devolvió a su hijo sano y salvo. Si alguien tiene que poner a prueba la fe de alguien, no somos nosotros a Dios: es Dios a nosotros. A veces pretendemos que Dios siga mis planes y haga mi voluntad, y cuando las cosas no salen como quiero, le digo: Señor, ¿por qué?, como si tuviera derecho a pedirle cuentas.

En el desierto, después de los grandes milagros de la salida de Egipto, Israel se quejó con Moisés y con Aarón: no tenemos agua, ¿por qué nos trajiste aquí a morir de sed? Moisés golpeó la roca y brotó agua para que el pueblo bebiera. Pero aquel lugar se llamó Masá, que en hebreo significa «tentación», porque allí Israel se atrevió a preguntarle a Dios con altivez por qué no hacía las cosas como ellos pensaban (Ex 17, 1-7). Por eso el Deuteronomio es claro: «No tentarán al Señor, su Dios, como lo tentaron en Masá» (Dt 6, 16).

Quien le pregunta a Dios de esa manera le falta al respeto y cae en el pecado de renegar. Renegar es decirle: yo lo haría mejor que tú; si me dejaras llevar mi vida como quiero, sería más feliz; tú no sabes lo que estás haciendo. El que reniega no le tiene confianza a Dios, y por lo tanto no le tiene fe.

Claro que en la enfermedad, el dolor o la decepción podemos tener la tentación de desconfiar. Yo se lo decía en mi oración: Señor, no quiero desconfiar de ti ni ponerte a prueba, ¿cómo hago? Y Él me regaló su palabra a los apóstoles: «Velen y oren para no caer en tentación» (Mt 26, 41). Quien lleva vida de oración aumenta su fe; quien aumenta su fe confía más en el Señor, y quien confía no le anda preguntando por qué.

La beata Chiara Badano era una jovencita cuando supo que tenía osteosarcoma, uno de los cánceres más dolorosos que existen. No le dijo a Dios: ¿por qué a mí, si soy tan joven? Dijo esta frase que quedó para siempre: «Si tú lo quieres, Jesús, yo también lo quiero». Pidámosle al Señor una fe y una confianza tan grandes que podamos decirle: Señor, mis caminos no son tus caminos (cf. Is 55, 8); no comprendo, pero confío.

Pbro. Rafael VillalobosPárroco de Santa Lucía

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