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· Lc 11, 47-54

Nuestra felicidad tiene un nombre

Con santa Teresa de Ávila, maestra de oración, descubrimos que todo fue creado por Cristo y para él, y que el sentido de nuestra vida es Jesucristo.

Acuarela de santa Teresa de Ávila con hábito carmelita, arrodillada en oración en una celda encalada ante un crucifijo de madera, con un libro abierto y una pluma sobre la mesa y, por una ventana en arco, los campos de Castilla bajo un cielo luminoso.
Ilustración en acuarela creada con inteligencia artificial.

Hermanos, hoy celebramos con mucha alegría la memoria de santa Teresa de Ávila, santa Teresa de Jesús, una de las grandes santas de la Iglesia. Fue una monja carmelita que reformó toda la orden y fundó lo que hoy se llama los carmelitas descalzos. Fue tan grande, y la Iglesia la nombró doctora, que a lo largo de la historia muchas monjas, que al entrar al monasterio se cambian el nombre, asumieron el suyo.

Por eso hay muchas santas Teresas: Teresa de Ávila, la Grande; Teresita del Niño Jesús; santa Teresa de los Andes; santa Teresa Benedicta de la Cruz. A veces hay confusión acerca de cuál santa estamos hablando. Hoy nos referimos a una mujer de un carácter fortísimo, a la que le tocó vivir en la península ibérica en el siglo XVI.

¿Y por qué es doctora de la Iglesia? Porque tenía una doctrina muy celestial acerca de la oración; es la gran maestra en este tema. Entre sus enseñanzas hay una fundamental: a la verdadera oración se entra a través de la humanidad de nuestro Señor Jesucristo. Solo quien reconoce en Jesús al Hijo de Dios hecho hombre puede de verdad entrar en la oración.

Esto es muy interesante con la palabra que el Señor nos regala esta tarde. Hoy hemos comenzado a leer la carta de san Pablo a los Efesios, y a mí me ha llamado la atención el versículo 10 del primer capítulo, que dice que hay que hacer que todo tenga a Cristo por cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra (Ef 1, 10). En latín esa frase se dice instaurare omnia in Christo, y es la que asumió como lema san Pío X, un Papa importantísimo.

Esto significa que el plan de Dios desde la creación consiste en que el centro, el protagonista, lo más importante de la historia, de la creación entera y de nuestra propia historia, tiene un nombre. La misma carta dice que a Jesucristo Dios Padre lo constituyó cabeza suprema de la Iglesia, que es su cuerpo (Ef 1, 22-23). Dios Padre creó el universo entero como un regalo para Dios Hijo, y este Hijo encarnado es Jesucristo. Por eso la misión de la Iglesia es predicar a la creación entera que no va a encontrar otro sentido, otra felicidad ni otra salvación fuera de Jesucristo.

La carta a los Colosenses, también de san Pablo, nos dice algo todavía más fuerte: que todo fue creado por él y para él (Col 1, 16). El universo entero, incluyéndonos a nosotros, ha sido creado para Jesucristo, y el sentido de nuestra vida tiene un nombre, que es Jesucristo. Por eso se nos dice que ante el nombre de Jesús toda rodilla se doble (Flp 2, 10).

Si Cristo es el centro del universo, hay para nosotros una consecuencia fundamental: tú, yo y la humanidad entera tenemos salvación solamente si tenemos relación con Cristo, porque no vas a encontrar salvación en ningún otro nombre que no sea el de nuestro Señor Jesucristo (Hch 4, 12). Traducido, esto significa que el sentido de tu vida es Cristo. Por lo tanto, lo primero y principal en lo que tienes que trabajar es la oración, porque en la oración te encuentras con el Señor Jesús, lo conoces, tienes trato con él y te haces familiar y amigo suyo.

Pidamos a santa Teresa que siga intercediendo por nosotros, para que, como ella, podamos recibir el gran don de darnos cuenta de que nuestra felicidad tiene un nombre, y es Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

Pbro. Rafael VillalobosPárroco de Santa Lucía

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