· Lc 11, 5-13
Pastelitos, yuca y lo que de verdad necesitamos
Dios siempre escucha: no siempre nos da lo que pedimos, pero siempre nos da lo que necesitamos. Por eso hay que pedirle como niños, sin cansarse.
Hermanos, antes de compartir con ustedes la Palabra, les voy a contar un trauma infantil. Mi papá tiene una granja por Las Cruces, y todos los fines de semana íbamos allá. Por el camino hay muchas ventas de empanadas y de pastelitos, y a nosotros, los niños, nos encantaban esos pastelitos. Así que en la camioneta le decíamos: «Mira, papi, una venta de pastelitos». Y cada vez que decíamos eso, mi papá aceleraba la camioneta.
Cuando llegábamos a la granja, siempre teníamos para desayunar yuca, mantequilla y queso. Yo no tengo nada contra la yuca: la de la granja de mi papá es muy sabrosa, y el queso y la mantequilla también eran de allí. Todo estaba buenísimo, pero yo, como niño pequeño, lo que quería era pastelito. Eso no me traumatizó. Bueno, sí, un poco. Les cuento esta historia porque hoy me ha llamado la atención el versículo 9 del capítulo 11 de san Lucas:
Pidan y se les dará (Lc 11, 9).
Pedir, en griego, se dice aitéo, y es lo que tenemos que empezar a hacer. Lo primero que nos dice el Evangelio es muy directo: delante de Dios tenemos que ser como niños pequeños. ¿Y qué hace un niño pequeño? Pide, pide y pide. Un verdadero cristiano le pide continuamente al Señor. Miren lo que dice el Salmo 2: «Si me pides, te daré en herencia las naciones» (Sal 2, 8). Como Dios es el dueño del mundo, te lo quiere dar todo. Si ya en la cruz te dio a Jesús, dice san Pablo, si ya te ha dado a su Hijo, te lo va a dar todo (Rom 8, 32). Y en el primer libro de los Reyes el Señor le dice al rey: «Pide lo que quieras» (1 Re 3, 5).
Como decía el papa Francisco, que en gloria esté, un católico se tiene que distinguir por ser pedigüeño. Algunos de ustedes me dicen: «Padre, yo le pido y le pido a Dios, y siento que no me escucha». Claro que te escucha. Pero mira lo que dice el apóstol Santiago en su carta: «No tienen porque no piden. Piden y no reciben porque piden mal» (Sant 4, 2-3). Ahí está el problema, hermanos.
Cuando yo le pedía a mi papá que me diera desayuno, siempre me lo daba; nunca me dejó con hambre. Pero no me daba lo que yo quería, me daba lo que yo necesitaba. Con Dios es igual. A veces nos ponemos delante de Él como niños, pero malcriados: pedimos, el Señor nos da, y como no nos da lo que queremos, decimos que Dios no nos escucha. Imagínense a una muchacha profundamente enamorada que le pide a Dios por intercesión de santa Lucía: «Santa Lucía, pídele a Dios que ese muchacho del que estoy enamorada sea mío». Lo que no dice la muchacha es que el muchacho es casado.
Claro que tenemos que pedir, y claro que Dios nos va a dar. No siempre nos va a dar lo que pedimos, pero siempre nos va a dar lo que necesitamos. Y muchas veces lo que pedimos y lo que necesitamos coinciden, cuando nos acostumbramos a tener un trato constante con Dios. La persona que ora conoce a Dios, y al conocerlo sabe cómo y qué tiene que pedir. Lo primero y principal que hay que pedirle todos los días es esto: «Señor, dame tu Espíritu Santo, lléname de tu sabiduría para llegar a la santidad». Amén.
Pbro. Rafael VillalobosPárroco de Santa Lucía