· Lc 12, 39-48
Las latas de atún y el abrelatas de la gracia
Dios ya nos dio todo para salvarnos, pero sin su gracia no podemos abrirlo. La oración, los sacramentos y la comunidad nos dan esa fuerza.
Cuando era pequeñito me encantaban las comiquitas, y ahora que estoy viejo me siguen gustando mucho. Recuerdo una que contaba más o menos esto: una familia se va de viaje, recoge sus cosas, cierra las puertas con llave, cierra las ventanas y se marcha. Pero se olvidan del gato, que era nada menos que Silvestre.
Silvestre se despierta, se ve totalmente encerrado y se desespera, porque cree que se va a morir de hambre. Se pone a buscar por toda la casa, en todos los escaparates, a ver qué consigue de comer, hasta que abre uno y lo encuentra lleno de latas de atún y de salmón. Siente alivio: con tantas latas no se va a morir de hambre. El problema es que después busca el abrelatas, y en toda la casa no hay ninguno. Y el pobre Silvestre se muere de hambre porque no logra abrir las latas. Es un poco cruel: tener la comida y no tener cómo comérsela.
¿Por qué les cuento esto? Porque hoy me llamó la atención el versículo 48 del capítulo 12 de san Lucas, que acabamos de leer:
Al que se le dio mucho, se le pedirá mucho; y al que se le confió mucho, se le reclamará mucho más (Lc 12, 48).
Me pareció que se estaba repitiendo lo mismo. Pero cuando me puse a investigar un poquito en la Escritura, me di cuenta de que dar y confiar no son lo mismo. Lo que se te da es un regalo, y el regalo en griego se dice charis, gracia. Casualmente san Pablo lo dice en la primera lectura: «la gracia de Dios que me fue concedida en favor de ustedes» (Ef 3, 2). En cambio, lo que se te confía es un depósito, en griego parathéke: algo que se pone en tus manos para que lo custodies. De ese depósito habla la segunda carta a Timoteo: «Conserva el buen depósito por medio del Espíritu Santo que habita en nosotros» (2 Tim 1, 14).
¿Y qué tiene que ver todo esto con el Evangelio de hoy? El Señor ya nos dio todo lo necesario para salvarnos: la fe, los mandamientos, la Palabra, los sacramentos. Eso es como las latas de atún que tenía Silvestre. Pero si Dios no nos diera cómo abrir las latas, sería muy cruel: tendríamos con qué salvarnos, pero no la fuerza para hacerlo.
Y eso es un peligro muy fuerte. A muchos cristianos que comienzan el camino de la fe les presentan los mandamientos, y ellos dicen: «Sí, es verdad, yo me quiero salvar, voy a intentar vivir los mandamientos». Y se dan cuenta de que no tienen fuerza, de que lo intentan y lo intentan y no lo logran. Hermanos, no lo logramos porque no lo podemos lograr solos. Para vivir la fe, el Señor es quien nos da la fuerza, y esa fuerza se llama gracia: una presencia especial de Dios que entra en tu corazón y te da la fuerza para abrir lo que Él te ha dado, para que te puedas salvar.
Para salvarme necesito la fe, pero también necesito la gracia. ¿Y cómo obtengo la gracia? Con la oración y la Palabra, con los sacramentos de la Iglesia y con la comunidad, viniendo a la iglesia y alimentándome. Cuando hago esas tres cosas, el Señor derrama su gracia sobre mí, y con esa gracia tengo la fuerza para vivir la fe que me va a salvar.
Pidámosle hoy al Señor ser fieles al depósito de la fe, a lo que se nos ha dado para salvarnos, con la fuerza de su gracia, que el Espíritu Santo infunde en nuestros corazones.
Pbro. Rafael VillalobosPárroco de Santa Lucía